
En el corazón de una cultura de calidad está el compromiso hacia un mejoramiento continuo, basado en la creencia de que en cualquier situación o actividad siempre hay espacio para mejorar. La meta es la perfección o “cero defectos”, no menos. Esta meta aplica a cada pieza del rompecabezas: el personal, los procesos y los productos y servicios.
El proceso de mejoramiento continuo incrementa la eficiencia y la competitividad, descubre nuevas oportunidades y promueve el trabajo en equipo y una actitud proactiva en la resolución de problemas. El personal debe ser exhortado no sólo a participar en el sistema, sino también a aportar ideas hacia la meta de hacer las cosas bien a la primera vez, cada vez.
El entrenamiento también juega un rol clave, evolucionando de lo estrictamente técnico hacia una visión más amplia. Tanto en operaciones como en gerencia, el entrenamiento se enfoca cada vez más en la calidad como meta final.
La meta de una cultura de calidad es “cero defectos”. Esto no quiere decir que la expectativa sea alcanzar la perfección, que nunca se logra; pero tenerla como meta hace que cada logro sea el punto de partida para el siguiente nivel de mejoramiento.
En términos de calidad, siempre hay espacio para la mejora.

